Madurar no es crecer: es animarse… y muchos ya dejaron de hacerlo
En este artículo vamos a profundizar en la verdadera causa detrás de lo que comúnmente se denomina falta de maduración.
La falta de maduración se denota cuando el individuo no quiere hacer cosas nuevas en algún ámbito..
La maduración implica la asimilación de la experiencia de algo nuevo que hice, de algo que me animé a intentar aun sabiendo que podía equivocarme. Madurar no es solamente acumular tiempo o información, sino animarse a actuar, atravesar la experiencia, aprender de eso e incorporarlo y poder usarlo como herramienta. Por eso, cuando hay un detenimiento de la maduración, muchas veces lo que vemos es que la persona ya no se anima a intentarlo más, porque sufrió demasiado, porque lo que vivió le generó un impacto muy grande, y entonces queda instalada una inhibición de acción en el ámbito que sea. Ahí te das cuenta del problema: la persona deja de avanzar, deja de probar, deja de enfrentarse a lo nuevo, y empieza a quedarse detenida en una especie de repliegue. Si eso se detecta rápido, todavía se puede estimular, o incluso sobreestimular, a esa persona para ayudarla a resolver o enfrentar esa situación pendiente. Pero si pasa mucho tiempo, (algo que suele ser normal, ya que la mayoria no ponen atencion a los pequeños detalles) la masa conflictual acumulada puede hacer que la resolución del conflicto se vuelva peligrosa, por el gran edema cerebral que ocurriría en fase PCL, lo cual podría llevar a una muerte por fatiga biológica o a lo que se suele describir como un ACV caliente.
Por ejemplo, una nena que viene del colegio y le cuenta a sus padres que le están haciendo bullying. Al principio lo expresa, pide ayuda, intenta resolverlo, pero los padres lo minimizan, lo normalizan o no intervienen. Esto no es que pasa una sola vez y listo, sino que lo intenta varias veces, y como está en una situación que no puede resolver por sus propios medios, cada intento frustrado va generando cada vez más desgaste. Llega un punto —quizás a la décima vez, o con el tiempo— en el que deja de pedir ayuda. Ahí se produce el quiebre: la nena normaliza la situación, se adapta, es decir, acepta el conflicto y empieza a convivir con eso. Ya no lo intenta resolver ni busca salir de ahí. En ese momento empieza el detenimiento madurativo en ese ámbito. A partir de ahí pueden empezar a aparecer síntomas, y conductualmente se observa que ya no quiere ir a donde van todos, se empieza a aislar, evita situaciones sociales, se retrae. Desde afuera puede parecer que “no quiere” o que “le cuesta adaptarse”, pero en realidad lo que hay es una inhibición de acción producto de haber intentado y no haber podido resolver.
Otro ejemplo podría ser un adulto que intenta iniciar un proyecto propio o cambiar de trabajo. Al principio se mueve, prueba, se expone, pero se encuentra con múltiples fracasos, rechazos o situaciones que no logra resolver. Si además su entorno le baja el valor a lo que intenta o no lo acompaña, cada intento fallido va generando más frustración. No es inmediato, pero con el tiempo deja de intentarlo. Se resigna, se adapta a una situación que no quiere, y empieza a evitar todo lo que implique volver a exponerse: no manda más propuestas, no se presenta a oportunidades, no arranca nada nuevo. Entra en una especie de loop donde parece que “está bien así”, pero en realidad es una falsa seguridad. Empieza la evasión, el quedarse en lo conocido, y desde afuera pueden empezar a decir que “le falta motivación”, “no avanza” o incluso que tiene algún problema madurativo. Pero en el fondo, lo que ocurrió fue un detenimiento por acumulación de experiencias no resueltas que llevaron a una inhibición de acción sostenida.
Un ejemplo distinto es el de un chico con diagnóstico dentro del espectro autista. La diferencia con los casos anteriores es que los conflictos, incluso de la misma intensidad, pueden haberse vivido muy temprano: en la vida intrauterina, en el parto, en el postparto o siendo recién nacido. En ese momento el niño no puede expresarse, no puede pedir ayuda ni elaborar lo que le pasa, y si los padres no conocen la NMG tampoco pueden leer los síntomas de su hijo ni entender qué necesita o qué le está generando conflicto. Entonces esos estados quedan activos y sostenidos en el tiempo. Puede vivir durante los primeros años con conflictos de rencor en el territorio, de susto-amenaza, y se arma una constelación que queda activa. Esto puede mantenerse hasta los 3 o 4 años, donde todavía es posible intervenir y ayudar a resolver, pero mientras tanto el niño ya viene adaptándose a ese estado, cerrándose, evitando, organizándose desde ahí.
Cuando pasan los 6 o 7 años, lo que observamos es que ese patrón ya queda más fijado: el PAT hormonal permanece y el cerebro directamente no permite resolver el conflicto como una forma de cuidado. Y acá es clave entender que hablamos de conflictos vividos como graves por el niño, como pueden ser el acto de vacunación (vivido como un ataque real), peleas en la casa, abandonos, gritos, maltratos, entre otros. Todo eso, en una etapa donde no hay recursos para procesarlo, va generando una adaptación profunda. Desde afuera muchas veces se lo etiqueta como un problema madurativo, pero en realidad lo que hay es una historia de conflictos tempranos no resueltos que llevaron a una inhibición de acción y a una forma de funcionamiento protegida, donde el niño evita lo nuevo y se sostiene en lo conocido para no volver a atravesar ese impacto.
También podemos decir que maduración implica crecimiento en sabiduría, en el sentido de poder usar la experiencia del pasado frente a cosas nuevas, y aun así animarse a hacerlas. Eso es lo que permite seguir avanzando en la vida. Ahora bien, la acumulación de experiencia inevitablemente también conlleva un aumento de la intelectualidad, y eso no se puede frenar, porque es la acumulación misma del pasado, de lo vivido, de lo aprendido. Pero la diferencia está en cómo se usa eso: una cosa es volverse más sabio y usar esa experiencia para vivir, para crear, para hacer cosas nuevas y seguir avanzando; y otra muy distinta es volverse más inteligente, pero usar esa inteligencia para no moverse, para no arriesgar, para quedarse en un loop de falsa seguridad. Ahí la persona no usa lo que sabe para vivir, sino para evitar vivir. Y eso termina generando una especie de muerte psíquica, porque ya no hay nada nuevo: es todo viejo, es todo pasado, es todo ideas, y las ideas en sí mismas también son pasado si no se encarnan en una acción nueva.

Respuestas