TIF: Entendiendo la causa real del infarto de arterias coronarias

TIF MÓDULO 1

FORMACIÓN AWAKING PROJECT EN LAS LEYES DE LA BIOLOGÍA SEGÚN LA NMG
NOMBRE: EMILIO LAMAISON

CASO 1 – EL OREJA

Soy uruguayo, residente en París desde hace más de 30 años, donde poseo una tienda de artesanías y arte de Uruguay. Esto me permite realizar dos viajes al año hacia mi país: uno con mi mujer y mis dos hijos durante las vacaciones, y otro por trabajo.

Una noche, más precisamente el 8 de septiembre de 2022 (día de la muerte de la Reina de Inglaterra), luego de cerrar la tienda, me quedé en ella para terminar unas lámparas que estaba confeccionando cuando sonó el teléfono. Vi una llamada de Uruguay, pero no llegué a tiempo de atender. Era mi sobrino.

Como mi sobrino jamás me llama, inmediatamente me dije: “Acá pasó algo”. Por lo cual lo volví a llamar en el acto.

Mi sobrino atendió y, sin ninguna anestesia, me dijo:
“Te llamaba para decirte que me acabo de enterar de que se murió el Oreja de un infarto”.

Jamás podría describir lo que sentí en ese instante.

El Oreja era mi mejor amigo, un hermano de la vida. Pero además era un ejemplo de salud, vitalidad, fuerza y coherencia.

Padre de seis hijos, con una familia unida y ejemplar en todos los sentidos. Y con una situación económica (por suerte para la familia) súper holgada, ya que era presidente de una gran empresa constructora española a la que llamaremos “GAMA”.

Quedé no menos de diez minutos sin poder hablar ni moverme, totalmente incrédulo ante esa situación.
No podía ser verdad.

A los diez minutos de quedar inmóvil, llamé a mi mujer y, en el momento de decir “se murió el Oreja”, rompí a llorar como un niño.

Luego llamé a mi amiga Gabi, que además es amiga de infancia de Viqui, la mujer del Oreja, para ver si esto era realidad o simplemente un sueño.
Gabi confirmó la noticia, pero yo seguía sin creerlo.

Tenía que llamar a Viqui, pero me era imposible lidiar con mi estado emocional, y ni hablar del de ella. Por eso estuve tres días sin poder hacerlo.

El no haber visto el cuerpo inerte del Oreja, el no haber estado en el velorio, el no haber abrazado a Viqui ni a ninguno de sus hijos y verlos llorar desconsolados, el no asistir a la cremación… y la imagen que siempre tuve del Oreja como ejemplo de tipo saludable: todo eso reforzaba en mí la idea de que NO ERA VERDAD lo que me estaban contando.

Lo increíble es que el Oreja, Viqui y su hija menor habían venido a París en abril de ese mismo año, donde habíamos festejado juntos su cumpleaños y pasado unos días espectaculares.

Luego pensé en el tema del infarto según la NMG. Me acordé de un caso que muchos de ustedes tal vez conozcan:
“El mejor infarto de mi vida”, de Hernán Casciari.

Recuerdo la satisfacción que sentí con ese caso, como principiante en las Leyes Biológicas de la NMG, al haber identificado el SBS vivido por el protagonista.

Luego de años viviendo en Barcelona, donde era muy infeliz (solo permanecía allí para no abandonar a su hija), y tras divorciarse de su mujer, decide finalmente volver a Buenos Aires (“su lugar” en el mundo). Allí se enamora de otra mujer y vuelve a formar pareja. Viaja a Montevideo con su nueva y flamante pareja y allí tiene un infarto.

“Resolución de conflicto de pérdida de territorio”, pensé.

Capa germinal: ectodermo, con úlcera de arterias coronarias en fase activa y relleno de la misma en fase PCL, donde el infarto de arterias coronarias corresponde a la epicrisis.

Y el infarto no fue fatal para Casciari porque aún no habían transcurrido nueve meses desde su divorcio —es decir, desde la pérdida de “su territorio”— y la recuperación del mismo (su nueva pareja), como lo demostró el Dr. Hamer en un estudio realizado en Viena.

Recuerdo que me dije a mí mismo:
“Es increíble, las leyes de la biología no fallan”, con cierto aire de satisfacción.

PERO… ¿Y EL OREJA?

Una familia “perfecta”. Éxito ejemplar en lo laboral. La filial del grupo GAMA en Uruguay era la más exitosa a nivel mundial, realizando obras de ingeniería incluso en países europeos, en Arabia Saudita, en Asia, etc. Y todo eso gracias al talento empresarial del Oreja.

¿Qué conflicto territorial pudo haber tenido?
¿Habrán fallado las leyes de la biología?

Luego recordé algo.

Dos años antes, una noticia sacudió la Bolsa de Valores de España: el grupo GAMA se había declarado en quiebra.

Esto afectó a todas las filiales del grupo, incluso la uruguaya, a pesar de que esta seguía gozando de una estabilidad envidiable.

Cada visita mía a Uruguay incluía un fin de semana en la casa paradisíaca que el Oreja había construido en medio de las sierras.

Compartiendo los religiosos mates del atardecer, el Oreja me había comentado al pasar (digo “al pasar” porque nuestras conversaciones se centraban muy poco en temas de trabajo) que en la empresa habían tenido que despedir a varios empleados y que su tarea en ese momento era desligar el nombre de la filial uruguaya del nombre GAMA y constituir otra empresa, ya que la filial uruguaya gozaba de buena salud.

Pero eso era todo lo que recordaba, y era insuficiente para armar un rompecabezas que me demostrara la infalibilidad de las leyes biológicas.

Finalmente logré tomar el coraje necesario para llamar a Viqui.

No lograba contener el dolor cuando me contó que, dos horas después de haber desayunado con el Oreja, la llamaron por teléfono al trabajo para decirle que su marido acababa de morir de un infarto.

No debe haber nada peor que eso.

Me dijo además que habían encontrado en el cajón del escritorio del Oreja un borrador de un libro que estaba escribiendo, cuyo título era Apuntes de un viaje inesperado, donde narraba todo lo vivido en la empresa luego del anuncio de la quiebra del grupo GAMA.

Me contó que iban a editar esos apuntes inconclusos en forma de libro y que le regalarían un ejemplar a todos los seres queridos, ya que, junto con la narrativa de lo sucedido en la empresa, el Oreja compartía muchísimas reflexiones sobre la vida y cómo comportarse en momentos de crisis.

Dos meses después, me tocó viajar a Montevideo por trabajo, y acordamos con Viqui, Gabi y Tomás (otro amigo) un fin de semana de duelo en la casa de las sierras, con el objetivo de compartir recuerdos, silencios, mates y ricas comidas en ese lugar tan especial para el Oreja y para todos nosotros.

Ese fin de semana leí el libro que me dio Viqui y descubrí un montón de cosas que el Oreja nunca me había contado, fruto quizá de mi profundo desinterés por el mundo empresarial.

Apenas se conoció la noticia del quiebre del grupo GAMA, el gobierno uruguayo bloqueó todas las cuentas bancarias de la empresa. Esto podía incluso traer como consecuencia la prisión de los directivos que hubiesen firmado cheques de la empresa, ya que podían ser considerados cheques sin fondos.

El Oreja cuenta con detalle el nivel de estrés que reinaba en la empresa, con los problemas de salud que iban apareciendo entre directores y empleados (y que yo tenía la satisfacción de identificar), y los consejos de vida que él daba en sus apuntes, como si conociera las Leyes de la Biología.

Se notaba también que, con su inteligencia emocional y el pragmatismo que lo caracterizaban, el Oreja era el sostén de la empresa, y que no pensaba jubilarse hasta enderezar el timón y desvincularla del grupo GAMA.

Al leer esos apuntes me dije:
“¿Por qué nunca me contó todo eso?”

Pero a mí me seguía faltando una pieza en el rompecabezas de la biología.

Y cuando ya empezaba a asomar ese malvado bichito de la duda, todo se aclaró de forma increíble.

Cuando estábamos a solas con Viqui en la cima de un cerro, donde habían hecho un pequeño altar con la urna de las cenizas del Oreja, de repente ella me dice:
“Y pensar que esto ocurre justo cuando el Oreja había cumplido su misión. Él logró destrabar finalmente toda la situación y el 29 de julio había firmado la desvinculación total con el grupo GAMA”.

Quedé otra vez paralizado, con un sentimiento de satisfacción —al corroborar que las leyes de la biología realmente no mienten— tan incongruente con el dolor de la situación que estábamos viviendo, que sentí vergüenza.

Volvimos a Montevideo luego de un fin de semana muy profundo, donde yo había logrado encontrar solo una de las dos cosas que había ido a buscar.

Lo que no logré encontrar fue la aceptación de la muerte de mi amigo, ya que esa casa y el libro habían, por el contrario, reavivado en mí su presencia.

Para mí, el Oreja todavía estaba vivo y, por alguna razón, no había podido venir ese fin de semana.

Pero, sin embargo, lo que sí logré fue constatar que las leyes de la biología nunca fallan (con la aparición del infarto o epicrisis seis semanas después de la entrada en fase PCL de arterias coronarias, por el DHS de pérdida de territorio), alejando ahora sí —para siempre— ese terrible bichito de la duda que puede asaltarnos a quienes aún somos principiantes en este nuevo paradigma.

Veo que dije que el bichito de la duda se iba “para siempre”, pero me equivoqué.


CASO 2 : EL OREJA
A los 4 meses de aquel fin de semana tan especial en la casa de las sierras, regresamos a Montevideo con mi mujer y nuestros dos hijos, Luana y Mateo.

Como de costumbre, organizamos otro encuentro en las sierras con Gabi, Viqui y su familia. Eran los últimos días de febrero de 2023.

En ese viaje, recuerdo que finalmente pude aceptar que mi amigo había muerto. Logré subir al “cerro de las cenizas”, donde me permití “hablar con la urna” y decirle al Oreja todo lo que tenía atragantado. Sentí una profunda paz, potenciada por la admiración que me generó la fortaleza y entereza de Viqui al transitar su duelo.

Dos o tres días después de regresar a París, tras una cena, noté que algo no estaba bien. Al día siguiente, comencé a sentir náuseas cada vez que ingería alimento, y se desencadenó una tos muy fuerte que se repetía con cada trago y terminaba en un pequeño vómito.

Ya tenía planeado un viaje a Madrid para conocer a la beba de mi sobrina y ahijada. Además, me encontraría con una de mis hermanas que vive en Portugal (la abuela de la beba) y otra hermana que venía desde Montevideo; habíamos alquilado un apartamento para los tres.

A pesar de no sentirme bien, decidí hacer el viaje igualmente, ya que no quería perder el pasaje. Cometí la infeliz idea de comer un sándwich en el aeropuerto, que me quedó como atragantado y me provocó un gran malestar.

Recuerdo que, al llegar al aeropuerto de Madrid, debía caminar hasta el metro para ir a la casa de mi sobrina. Nunca en mis 64 años había experimentado un cansancio de esa magnitud. Literalmente, no podía caminar. Tardé cerca de una hora en recorrer los 500 metros que separaban mi terminal de llegada de la estación de metro. Lo mismo ocurrió al bajarme del metro: subir las escaleras y llegar a la casa fue un desafío descomunal.

Al llegar, no tenía energía ni para mirar a la beba en su cuna ni para expresar la alegría que ese momento ameritaba. Recuerdo las caras de preocupación de mis hermanas. Una vez en el Airbnb, no pude levantarme de la cama en ningún momento. Simplemente no tenía energía. Pasé los tres días allí acostado, sin fiebre, comiendo solo puré de manzanas que mis hermanas me preparaban.

Como principiante en el estudio de las leyes biológicas, había algo que para mí era indiscutible: por la naturaleza de los síntomas, se trataba claramente de una fase PCL. Pero, ante la intensidad de lo que estaba viviendo, no lograba identificar un conflicto tan fuerte como para haber generado una PCL tan abrumadora.

Entonces tuve una revelación: ¡El Oreja!

La muerte de mi amigo, que me tomó completamente por sorpresa, había provocado un DHS de bocado imposible de asimilar. Ese bocado no había logrado pasar más allá de la parte inferior del esófago, que era el órgano visiblemente afectado.

Luego de ese segundo viaje a las sierras, pude asimilar emocionalmente la situación, lo cual me llevó a entrar en la fase PCL que estaba viviendo. Esta fase era proporcional a los siete meses que había durado la fase activa, pero sobre todo, a la intensidad del drama vivido.

Aquí aparece un factor al que todo principiante en la NMG está expuesto: la presión del entorno.

Al verme en ese estado, mis hermanas quisieron llevarme al hospital, algo que rechacé de inmediato. Mi cuñado insistía en que debía hacerme una endoscopía para ver el estado del esófago, por si era algo grave. Yo me mantenía firme en mi posición, convencido de que las leyes biológicas no fallan, y decidido a atravesar los síntomas hasta que terminara la fase de reparación.

Pero lo más difícil fue el regreso a París y el reencuentro con mi mujer y mi hija.

Mi mujer no quiere saber nada de la NMG, y en esto reconozco mi responsabilidad. Aquí entra otro factor del que también pueden ser víctimas los principiantes en la NMG: el fanatismo.

Cuando conocí la NMG, el eco interior fue inmediato. Todo lo que explicaba resonaba de manera perfecta con mi forma de ver la vida. No tuve dudas: supe desde el primer momento que estaba frente a algo profundamente verdadero.

El problema fue cómo lo transmití. Se lo presenté a mi mujer y a mi hija —no incluyo a mi hijo Mateo porque es autista— como la única verdad existente, y todo lo demás como ignorancia pura. Ese posicionamiento cerró por completo las puertas de la NMG para mi mujer, a pesar de que ella solo utiliza medicina alternativa y jamás fue afín a la medicina convencional. Nunca toleró mi forma radical de exponer mis opiniones, algo que siempre me caracterizó.

Además, hay paradigmas que a ella le resultan imposibles de aceptar, como el hecho de que no exista el contagio, entre otros. Su padre era médico y fue criada íntegramente dentro del viejo paradigma. Con el tiempo aprendí algo fundamental: el fanatismo no convence, el fanatismo separa.

Al no conocer la NMG, mi mujer no entendía por qué yo me negaba a ir al médico. Interpretaba mi actitud como miedo a enfrentar un diagnóstico grave o como una obstinación extrema, típica en mí. Comenzó a presionarme cada vez más, diciéndome que no podía hacerle eso a mis hijos, que estaban profundamente preocupados al verme así.

Yo seguía firme, sosteniéndome únicamente con vinagre de manzana. Pero los síntomas no mejoraban.

En ese contexto, llevé a mi hijo a un médico que trabaja con una técnica increíble, abordando las memorias celulares del cuerpo —¿choques biológicos?— y que tanto bien le había hecho a él. Al verme, el doctor me preguntó qué me pasaba; me notó muy pálido. Luego le escribió un mensaje a mi mujer diciéndole que estaba preocupado por mi estado de salud, que me veía con muy poca energía.

La presión ya era insoportable.

O vas al médico o te vas a un hotel, pero tus hijos no pueden seguir viéndote así —me dijo mi mujer.

Le respondí:
Espero dos días más y voy.

En el fondo, rezaba para que en esos dos días aparecieran signos de mejoría.

Pasaron los dos días y no solo no mejoré, sino que tuve vómitos y dolor intenso. Finalmente acepté ir a ver a un médico antroposófico, alguien a quien había consultado en otras épocas. Nuevamente, tardé unos 45 minutos en caminar apenas cuatro cuadras desde la estación de metro hasta el consultorio. Literalmente avanzaba un pasito cada cinco segundos.

Este médico es conocido por su agudeza diagnóstica y por estar muy alejado de la medicina clásica. Me preguntó por mis síntomas y cuándo habían comenzado. Al ver su rostro de preocupación, empecé a sentir la presencia de un viejo conocido, ese que creí no volver a ver jamás…

Le aconsejo que vaya a un hospital para hacerse exámenes. Con un diagnóstico preciso quizás pueda ayudarlo con un tratamiento no convencional, pero primero hay que estudiar esto con mayor profundidad.

El bichito apareció de nuevo.

La maldita duda empezó a atacar, pero intenté mantenerme firme para que su hermano mayor, el miedo, no se presentara. No pude ocultarle a mi mujer lo que me había dicho el médico. Yo sabía que en el hospital le pondrían un nombre a la fase PCL que estaba cursando, y que ese diagnóstico podía generar un conflicto aún mayor, incluso en los miembros de mi familia.

Demoré dos días más —no recuerdo ya con qué excusa— antes de ir al hospital. Pensaba:
“Después del diagnóstico, saco una consulta con Gastón”.

El hospital queda a diez cuadras de casa, pero estaba tan agotado que tomé el metro para acercarme. Aun así, los últimos 300 metros me llevaron 20 minutos. No tenía energía. A esa altura, no puedo negar que empezaba a sentir miedo. Pero mi mayor temor no era el diagnóstico, sino que todas mis certezas sobre la NMG se derrumbaran como un castillo de naipes.

En la carta que el médico antroposófico envió al hospital se solicitaban estudios pulmonares, probablemente por el cansancio extremo, pero no se mencionaba el esófago, que para mí era claramente el órgano afectado.

“Mejor así”, pensé.

Tras varios exámenes, miradas preocupadas y comentarios ambiguos, llegó finalmente el veredicto:

Felizmente no es nada grave. Tiene una pequeña infección pulmonar.

Me recetaron antibióticos, que por supuesto no tomé. Siguiendo el consejo de mi hija, tomé dos gotas de aceite esencial de eucalipto en una cucharadita de miel, tres veces al día. Santo remedio.

Pero antes de cerrar este relato, quiero compartir una reflexión que para mí es clave.

Al entrar al hospital, como en los días previos, no tenía energía para dar un solo paso. Cuatro horas después, al salir con el diagnóstico de que no había nada grave, caminaba con total normalidad. Bajaba escaleras a toda velocidad. Incluso podía correr. Mi familia, que me esperaba con el corazón en la boca, vio llegar a alguien con color, vitalidad y una sonrisa renovada.

¿Viste que estabas con miedo? —me dijo mi mujer—. ¿Viste que ir al médico sirve para quedarse tranquilo? ¿Viste que ahora estás bien?

Pero en mi interior yo sabía otra cosa.

Sabía que mi mejoría repentina no venía del diagnóstico médico, sino de una confirmación más: las leyes de la biología no fallan. Sabía que, si hubiera aguantado un poco más, todo habría vuelto a su cauce de manera natural.

Incluso pude identificar claramente la epicrisis en los dos días previos a mi visita al médico antroposófico.

DHS: Conflicto de no poder asimilar un bocado (la muerte súbita e inesperada de mi amigo) localizado en el tercio inferior del esófago, con pleno sentido biológico en la fase activa, con proliferación celular para poder asimilar mejor el bocado.

Fase: PCL luego de la resolución del conflicto (asimilación del bocado) durante mi segundo viaje a Uruguay.

Microorganismos implicados: Me temo no haber contado con microorganismos tuberculosos, ya que no recuerdo haber presentado sudoraciones nocturnas.

Capa germinal: Endodermo.

También logré volver al físico de mi juventud.
Al mirarme en el espejo me di cuenta de que había bajado una gran cantidad de kilos, algo que luego nos confirmó Gastón en una de sus clases.

¡Brillante!

¿Quiere usted adelgazar?
¡Solucione sus conflictos!

Con este caso, que duró más de tres semanas y fue el problema de salud más grave que experimenté a lo largo de mi vida, aprendí varias cosas. Y, a pesar de que nunca se debe decir nunca, al bichito de la duda le va a costar muchísimo trabajo volver a asomar la cabeza.

Gracias, doctor Hamer.
Gracias, AWAKING.

Debo reconocer que, de todas maneras, este caso me descolocó bastante, ya que tanto la tos nocturna intensa como el diagnóstico de infección pulmonar realizado en el hospital hacen pensar en un problema de bronquios o pulmón. Sin embargo, no pude asociar de ninguna manera una vivencia de preocupación por el territorio ni un miedo a la muerte, por lo cual dejo aquí humildemente planteada esa duda.
Recuerdo además que Gastón siempre dice que lo más común es que haya más de un conflicto implicado.


CASO 3 – EL OREJA

Ya nos acercamos en el tiempo.
Octubre de 2025.

Yo tenía pasaje marcado para fines de noviembre a Uruguay por trabajo, como todos los años, y me había dicho que en ese viaje me despediría de mi mamá, que con sus 92 años estaba postrada en su cama, con Alzheimer, sin hablar ni caminar.

Tenía muchas cosas que decirle antes de que se fuera.

Pero a fines de octubre los hechos se precipitaron cuando mi hermana menor, que vivía con mi mamá y era quien la cuidaba, envió un mensaje al grupo de WhatsApp diciendo que mi madre ya no abría la boca y se negaba a comer.

Inmediatamente e instintivamente saqué un pasaje a Montevideo para el día siguiente.
Tenía que llegar a tiempo.

Todo esto es solo un paréntesis para ilustrar otro acierto del doctor Hamer respecto a la morfina.

Mi madre estaba bajo cuidados paliativos a domicilio y, en una de las visitas, la doctora nos sugirió colocarle una perfusión con “medicamentos” para que no sufriera.
Yo ya sabía de qué medicación se trataba y dije:
“No quiero que le pongan morfina”.

“Pero su madre ya está tomando opiáceos”, me respondió.

Quedé atónito y le pregunté a mi hermana por qué no me había dicho que ya tomaba morfina.
“Ni idea de que las gotitas que le estaba dando tenían opiáceos”, me contestó.

Yo recordaba haber escuchado a Gastón —o haber leído en alguna parte— que el doctor Hamer decía que la morfina, además de todo, te quita las ganas de vivir.

Y efectivamente, fue a los tres días de comenzar con las gotas que mi madre empezó a negarse a comer.

Otra constatación más… y van.

Mi mamá falleció a los tres días de mi llegada a Uruguay, el 31 de octubre.

Dos días antes, el 29, fui a cenar con mi amiga Gabi, aprovechando la fecha para comer unos buenos ñoquis.

Durante la cena, entre tantos temas, Gabi me comenta que Viqui, la mujer del Oreja, estaba atravesando un problema serio de oído.

Con mi Módulo 1 ya comenzado sobre endodermo, me dije:
¡Eurêka, ya lo tengo!

—¿Es el oído izquierdo, no? —le pregunté.
—Sí, sí… creo que es el izquierdo —me contestó.

Elemental, mi querido Watson: Viqui no podía deshacerse de un bocado auditivo (oído izquierdo).

Recordé el ejemplo que siempre menciona Gastón sobre la señora Laker y su conversación telefónica con el doctor Hamer: la llamada que recibió Viqui anunciándole la muerte súbita de su marido, con quien había terminado de desayunar minutos antes.

Le pregunté a Gabi si sabía desde cuándo tenía Viqui los síntomas.
—Y… desde que murió el Oreja.

“Listo, lo tengo”, me dije.
Pero tenía que hablar directamente con Viqui, que estaba en Argentina y no volvería antes de mi regreso a París.

El tema quedó postergado un mes, ya que yo tenía pasaje nuevamente a Montevideo en noviembre. De todos modos, estaba muy contento de haber encontrado otro caso para el TIF de fin de año y, además, ¡de endodermo!

A fines de noviembre vuelvo a Montevideo y, por supuesto, el 29 voy nuevamente a comer ñoquis con Viqui y Gabi.

Luego del almuerzo le pregunto algunos detalles a Viqui, en lo que para mí era una pequeña anamnesis, aunque no para ella, ya que no quise ponerme en rol de consultor cuando no había sido ella quien me solicitara nada.

Me confirmó que sus problemas de oído habían comenzado luego de la muerte del Oreja.
También me dijo que su otorrino, al examinarle los oídos, no había encontrado nada y había terminado atribuyéndolo a un problema psicológico.

Pero la situación cambió radicalmente cuando me dijo que se trataba del oído derecho y no del izquierdo.

Aquí debo decir que lo que me salvó fue haber visto la clase sobre conflictos auditivos de la formación online. De lo contrario, hubiese tirado la toalla.

Recordé entonces la parte referente al oído interno, que corresponde al ectodermo y cuyo DHS es:
“No puedo creer lo que estoy escuchando en mi nido”.

Claro, esto encajaba mucho mejor con la situación tan surrealista que había vivido Viqui.

Y, al tratarse de ectodermo, aplica lateralidad biológica.

Sabía que Viqui era diestra, pero igual le pedí:
—A ver, aplaudí.

Su aplauso confirmó que era diestra, por lo cual el oído derecho correspondía a su marido.

Esto también explicaba por qué el otorrino no había encontrado nada al examinar el oído medio: se trataba del oído interno.

Le pregunté si el problema era permanente o esporádico.
Me dijo que era esporádico.

Entonces le expliqué el tema de los rieles y, para mi sorpresa, luego de esa explicación me confirmó que la última vez que había tenido dolor fue tras ir a la oficina donde trabajaba en aquel momento y de la que se había mudado hacía tres semanas.

La visita a la oficina la llevó nuevamente al conflicto activo y luego el dolor apareció al resolver, es decir, al no reproducirse nuevamente el mismo DHS.

Le pedí que estuviera atenta si volvía a suceder: día, hora, entorno, etc., y que me lo informara, ya que iba a presentar su caso en mi examen.

Hasta el momento, no volvió a suceder.

Volví a “fallar” al no poder presentar otro caso endodérmico, pero feliz de seguir aprendiendo cada día más sobre este nuevo y maravilloso paradigma.

Más aún cuando Viqui me pidió los datos de la página de AWAKING.


CASO 4 – SILVIA

Este caso es más especulativo, es decir, una interpretación personal sin el sustento de un diagnóstico médico ni de una vivencia relatada directamente por la persona, ya que se trata de un caso contado “de segunda mano”.

En el foro de AWAKING pregunté si era posible desarrollar un cáncer de colon no porque “alguien me cagó”, sino porque “yo cagué a alguien”.

Gastón respondió afirmativamente, por lo cual arriesgo aquí una posible explicación para el cáncer de colon tan avanzado que se llevó a Silvia. Incluyo además un bonus track con una segunda explicación posible que, creo, agrega un nuevo elemento de reflexión.

Silvia era una artesana que conocí muchos años atrás y con quien había perdido contacto cuando dejó la artesanía para abrir un restaurante en una pequeña estación balnearia de Uruguay.

Militante durante la dictadura, logró escapar a Chile luego del golpe de Estado de 1973 en Uruguay, para huir nuevamente, meses después, a Venezuela, mientras muchos de sus compañeros de exilio caían presos en manos de Pinochet.

Militante de izquierda toda su vida, su existencia había estado atravesada por la militancia política.

Aquí en París me hice amigo de Martín, un uruguayo que resultó ser sobrino de Silvia, una tía a la que quería muchísimo. Tanto, que en agosto de 2025 viajó a Uruguay al enterarse de que Silvia estaba hospitalizada, ya desahuciada, con un tumor de colon de gran tamaño.

Silvia falleció y, en su regreso a París, Martín me contó algunos detalles.

Dos años antes, Héctor, el hermano de Silvia, cae desplomado al piso. Lo encuentra un vecino y, en el hospital, le informan a la familia que difícilmente sobreviviría.

Héctor sobrevivió, pero quedó ciego.

Silvia, que tenía una relación muy cercana con él —eran hermanos de alma—, decide llevárselo a su casa. No imaginaba cuánto iba a cambiar su vida.

Héctor se caía con frecuencia, se lastimaba y ya no podía dejarlo solo.
Silvia tuvo que dejar el restaurante en manos de dos amigas, con la condición de que le pagaran una renta mensual.

Muy cansada y con un profundo dolor en el alma, decide finalmente internar a Héctor en una casa de salud en Punta del Este, “queriendo pensar” que sería lo mejor para ambos.

Lo visitaba todos los fines de semana.

Mientras tanto, una sobrina —hija de una hermana fallecida de Silvia— la acusaba constantemente de haber abandonado a su hermano.

Apenas un mes y medio después de ingresar en la casa de salud, un lunes posterior al único fin de semana en que Silvia no había ido a verlo por problemas de salud, Héctor fallece completamente solo.

Mi interpretación es que Silvia cargaba con enormes remordimientos, aunque en el fondo esperaba que Héctor estuviera mejor cuidado y acompañado.

La muerte de Héctor, tan poco tiempo después, y justo luego de un fin de semana en el que ella no fue a verlo, la llevó sin dudas a percibir que su hermano había muerto de tristeza.
“Lo cagué, lo abandoné”.

Un año y medio después, Silvia muere en el hospital con un cáncer de colon que, según los médicos, ya no valía la pena operar.

De lo que desprendo del caso es que se encontraba en fase activa, tanto por el tamaño del tumor como porque, con el hermano muerto, no podía resolver su conflicto.

Pero aquí aparece otro elemento interesante.

Conversando un día con Martín, surgió el tema de la pandemia y él me contó algo que puede arrojar otra luz sobre este caso.

Durante la pandemia, Silvia se había “transformado”, según sus palabras.
Se había vuelto antivacunas, estaba obsesionada con teorías conspirativas, hablaba todo el tiempo de la Agenda 2030 y se peleaba con todo el mundo.

Eso, para mí, no resultaba extraño.
Lo que sí me sorprendió fue lo que vino después.

Martín me dijo que Silvia expresaba en voz alta que nunca más iba a votar a la izquierda, que eran traidores, asesinos y vendepatrias, vendidos a la Agenda 2030.

Escuchar eso de alguien puede no ser llamativo.
Escucharlo de alguien que había dedicado su vida entera a esa causa, sí.

Puedo imaginar el sentimiento de traición que debe haber experimentado al percibir que había entregado su vida a una causa que no era lo que ella creía.

Si esta segunda opción hubiese sido el verdadero DHS —“aquellos en quienes siempre creí me cagaron”—, habría que retroceder aún más en el tiempo, hasta 2021, es decir, más de cuatro años antes de su muerte.

Le pregunté a Martín si las socias del restaurante le habían hecho algo sucio a Silvia, pero me respondió que no, que por el contrario la adoraban, le agradecían la oportunidad que les había dado y estaban desconsoladas con su muerte.

Por eso me inclino por una de las dos hipótesis, aunque no descarto que ambas hayan estado implicadas.

Lo que me parece fundamental remarcar aquí, como estudiante de NMG, es la importancia de la anamnesis.

Aquí estamos en la duda, pero seguramente, con una consulta adecuada, ordenando fechas, síntomas y percepciones del consultante, se habría podido identificar cuál fue el DHS detonante, si fueron ambos o incluso uno tercero que Silvia se llevó en secreto a su tumba.

La NMG es una ciencia biológica, no un conjunto de hipótesis.
Por eso, una buena anamnesis es la herramienta principal para comprender un caso e iluminar el camino del consultante.

¡Incluso en la duda podemos aprender algo!

CALIFICACIÓN DE SU TRABAJO POR PARTE DE GASTÓN Y SONIA  


Con enorme satisfacción queremos destacar el excelente trabajo realizado por EMILIO LAMAISON .
Su Trabajo Integrador se caracteriza por la claridad y el compromiso con los que desarrolló la anamnesis, mostrando una muy buena comprensión del proceso y evidenciando cómo la formación también se transforma en una verdadera herramienta de trabajo personal.

La forma en que logró observar y ordenar los datos clínicos y biográficos, abordando cada síntoma y contexto con sentido biológico, permite una lectura clara y coherente del caso en los tres planos: psique, cerebro y órgano.

El cuidado en los detalles y la dedicación puesta en todo el análisis reflejan una actitud responsable y profesional, fundamental para el ejercicio serio de la Nueva Medicina Germánica.

 Un trabajo que honra el proceso de aprendizaje y marca un estándar de excelencia.

Por este motivo, EMILIO LAMAISON queda automáticamente habilitado para cursar el Módulo 2 de la Formación Profesional, continuando así su proceso de profundización y aprendizaje dentro de la Academia Awaking.

Gastón Vargas y Sonia Suc

Docentes de la Academia Awaking

Únase a nuestra comunidad privada para realizar preguntas teóricas, contenido exclusivo para aclarar cualquier duda sobre el nuevo paradigma de salud.

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