TIF: “Con amor y mucho humor, se va el tumor.”

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  1. Título del artículo: “Con amor y mucho humor, se va el tumor.”
  2. Nombre del autor: Caro Kjølhede
  3. Introducción personal:

“Conocí la historia del Dr. Hamer en diciembre de 2015, con 29 años. Su enfoque me impactó profundamente: muchas piezas de mi historia personal comenzaron a ordenarse y a cobrar sentido.

Mientras la mayoría de mis amigos disfrutaban de la playa, pasé gran parte de ese verano leyendo sobre Medicina Germánica. Por entonces, lo poco que circulaba en español aparecía a veces bajo el nombre de Biodescodificación.

Venía atravesando situaciones muy difíciles y DHS desde muy temprana edad, y había recorrido distintos caminos dentro de las terapias alternativas en busca de alivio. Aun así, algo en mí reconoció con absoluta claridad que esta comprensión era distinta, que aquí sí había un rumbo verdadero.

Meses después, cumplí un gran sueño y en mayo de 2016 salí de viaje desde Argentina con la mochila al hombro, invocando y pidiendo una enseñanza real que pudiera compartir con otras personas, sin imaginar en absoluto lo que estaba por vivir.”

4. Desarrollo 

  • Síntomas observados

Apenas unos pocos días después de cruzar la frontera entre Ecuador y Colombia, comenzó esta historia, en un hotel cero estrellas de la ciudad de Popayán. 

Todo se manifestó a través de dolores punzantes en el bajo abdomen; dolores que me imposibilitaban realizar necesidades tan básicas y primitivas como caminar o ir al baño. La molestia era extrema. Literalmente sentía “cuchillos en los ovarios”. 

Al principio me resistía a realizarme estudios. Quería continuar con mi vida casi soñada de viajera, pero los malestares en mi cuerpo eran cada vez más intensos: la hinchazón era notoria y, a pesar de que seguía andando, ya no podía negarme a acudir a una sala de urgencias. Esa fue la razón por la que pasé varios días internada en un hospital de aquel pueblo lejano, sin dar aviso a nadie.

Con la internación llegaron los exámenes a los que tuve que someterme: incómodas y reiteradas pruebas en las que sentía, con pesar, la manipulación de instrumentos dentro de mi cuerpo. La intervención ajena sobre mis zonas más íntimas, sobre mi territorio. 

Allí entendí que no podría sostener los aspectos poco amables de la medicina convencional. Finalmente, tras dormir un par de noches junto a una anciana moribunda, me dieron el alta y, luego de la espera de los análisis, llegó la noticia. Los resultados eran poco alentadores: un tumor maligno de amplio tamaño rodeaba el ovario derecho.

Los médicos decían que había que intervenir de inmediato, que la situación era de carácter urgente y que debía volver a mis tierras. Que la salud “pública” de su país era, en realidad, privada, y que pocas excepciones harían con una extranjera.

Aquellos días fueron profundamente angustiantes para mí. El punto era que acababa de llegar a Colombia, la meca del mochilero que parte desde el sur de Argentina. Me sentía como una hormiguita en medio de un tsunami de dudas, pero había dos cosas que estaban más que claras: no contaba con el dinero para cubrir la cirugía propuesta y no iba a volver atrás. Algo dentro de mí asumía con absoluta confianza, que lo estudiado durante aquel verano señalaba la existencia de otro camino.

En ese momento, la decisión más certera fue respirar y pensar con calma – lo que Gastón llamaría “bajar toda la térmica”-. No pretendía alarmar a nadie ni contarle a mi familia; creo que yo misma tampoco comprendía cuán grave era la situación. Tocaba, entonces, encontrar la mejor salida. Pero ¿cuál era?

  • Relato biológico del evento – DHS

Antes de continuar con la historia voy a relatar algunos de los choques biológicos que hoy puedo detectar con mayor seguridad, previos a la sentencia médica.

Tomé la decisión de salir de viaje por Latinoamérica (mujer zurda, con 30 años recién cumplidos y en profundo desequilibrio hormonal) tras la separación de una relación de pareja que se había sostenido durante seis años.

En ese vínculo había atravesado – unos 3 años antes – una experiencia límite: una situación de amenaza y violencia que me llevó, de manera impensada y profundamente traumática, a perder un embarazo de tres meses.

Fue un proceso dramático, inesperado y vivido en absoluta soledad, ya que ni siquiera él quería hablar del tema. Eso me llevó a transitar un largo tiempo de llanto silencioso y sin sentirme compartida. No voy a extenderme por el dolor que aun implica hablar de ello.

A esa vivencia se sumó luego la decisión definitiva de cortar con el vínculo y reconstruir mi vida en tierras lejanas.

Continuando con la anécdota en Popayán, Colombia 2016, luego de la internación, el diagnóstico y la posterior salida del hospital los días siguientes fueron de golpear puertas vinculadas a la acción social: oficinas, secretarías, llamados a la Embajada Argentina. Sin embargo, las respuestas eran confusas y no conducían a nada concreto.

Hasta que una tarde lluviosa, después de que la burocracia me recordara cómo funcionaba la vida dentro del sistema, di con la Alcaldía. ¡Bendito universo! Allí me recibió una mujer que se conmovió con mi caso. Contó que tenía una hermana menor viviendo en el exterior, a quien también habían ayudado en una situación similar, y que esa parecía ser su manera de devolver aquel favor.

En buena hora, porque hasta ese momento nadie había sabido darme una respuesta. Mientras esta amable mujer hacía llamadas y me orientaba con información, levanté la vista, algo cansada y nauseabunda, y ahí lo vi, justo frente a mí: la figura mística y sabia de Henry Montes de Oca me observaba sonriente del otro lado de la mesa. 

Completamente vestido de blanco y resguardado tras su barba canosa, sonreía con ojos de niño pícaro. Con un tono sereno me preguntó cuál era mi problema, y le respondí que, según los resultados, los médicos sugerían una cirugía inmediata. Solo que no contaba con los medios y no pensaba vaciar mi útero, como lo sugerían. Entonces dijo algo parecido a esto: “No te vas a operar. Yo te voy a ayudar para que vos seas tu propia guía”.

Esa misma tarde volví al Hotel Cero Estrellas, donde vivía por entonces. Recuerdo que llovía, literalmente, a mares, y que pensé con tristeza que Henry no iba a venir. Error mío: apareció empapado, una hora y pico más tarde, cuando la tarde estaba cayendo.

Lo que supuse que sería una consulta médica terminó siendo un acto de amor inmenso. Esa noche nos presentamos, tocamos la guitarra y cantamos juntos. Así comenzó nuestra amistad y un hermoso rito de iniciación en mi camino como su aprendiz y, al mismo tiempo, como mi propia brújula.

Lejos de vivirlo como un drama, él siempre hizo que mi “mal llamada enfermedad” se transformara en una bendición. Nunca la mencionaba; simplemente volcábamos la energía en las prácticas diarias, algo que hoy traduzco como “bajarle el drama”.

Antes de continuar, quiero aclarar que Henry Montes de Oca no era un viejo hippie con delirios místicos. Había estudiado química y medicina en los años setenta y había trabajado en un reconocido laboratorio en Alemania. Sin embargo, su raíz nativa, descendiente directo de los indios Nasa del Cauca, lo llevó a tomar otro camino, demasiado extenso para desarrollar aquí. Con el tiempo también supe que Henry era una figura muy reconocida en Colombia y en el sur de América por su militancia en favor de los pueblos nativos y el uso de la medicina ancestral.

Luego de aquella presentación, Henry me dijo que ya no tenía nada más que hacer allí y que me fuera con él a su casa, en Santiago de Cali. Así que, sin vacilar demasiado, armé mis mochilas y salí tras de él como si fuera una niña, como si fuese mi única esperanza o una especie de mago. Aunque, lejos de la magia, me tocaba emprender un camino de amor y de aprendizaje. Amanecí en su casa de Cali con la sonrisa de su esposa, Margarita, y de su hijo, Juan Manuel: dos personas hermosas que me recibieron con alegría y me alentaron a tomar este camino. 

Las primeras prácticas fueron de meditación, respiración consciente y conexión profunda con la fe y la confianza en mí misma. También comencé a ingerir aceite de cannabis, producido por el propio Henry: tres dosis diarias de entre siete y ocho gotas, una variedad índica que me mantenía relajada y en armonía conmigo (lo que hoy traduzco como vagotonía).

A los pocos días, un sábado por la mañana, desperté débil, pálida y con náuseas. Sentí mucho miedo y, por segundos, pensé que estaba jugando con mi vida. Logré hablarlo con ellos, llorar y finalmente volver a mí y a mi rutina (posible epicrisis).

Con el correr de los días comencé a notar una mejora sostenida: la piel recuperaba color, la inflamación disminuía y mi cuerpo se sentía más vital, sostenido por una comunidad amorosa. 

Además del aceite de cannabis, incorporé medicación homeopática, polvo de cúrcuma en ayunas, té de uña de gato y de zarzaparrilla, junto con sesiones de ejercicios corporales similares al yoga.

Así transcurrían mis días con Henry: caminando descalzos por el valle de Cali, haciendo huerta, tirando las cáscaras al pozo de abono, conversando sobre la vida y meditando. De a poco, el pasado comenzaba a quedar atrás y el dolor se hacía más pequeño. Me sentía acompañada y en familia.

A los quince o veinte días de haber iniciado el proceso, sentí que mi cuerpo estaba mejor; sobre todo, mi alma y mi impulso de continuar el viaje. Le comenté a Henry el bienestar que experimentaba, tanto físico como espiritual, mi deseo de seguir camino y la disciplina que estaba dispuesta a sostener aun llevando una vida nómada.

Nos despedimos un mediodía, sabiendo que pasaría mucho tiempo sin volver a abrazarnos, y salí por la misma puerta que me había visto entrar pálida y adolorida. 

Le expresé, con emoción sincera, mi infinita gratitud por haberlo encontrado en mi camino y por haberme iniciado en una senda profundamente espiritual. Esa fue la última vez que nos vimos.

Viajé rumbo al norte hasta afianzarme en las costas de Colombia. Fueron días de sostener una conducta disciplinada: medicina natural, ejercicios diarios y, sobre todo, una conexión profunda con el inmenso mar que todo lo cura. Con el tiempo, esa rutina se volvió alegría y pasó a formar parte de mí.

Hoy recuerdo aquellos días por la belleza del paisaje y por la gracia de estar allí, sintiéndome, por fin, verdaderamente viva.

Hace casi una década – un 25 de enero de 2017 – y luego de tres meses de despedirme de Henry, me levanté temprano en mi casita de Taganga y partí rumbo a Santa Marta. Tocaba enfrentar a ese monstruo al que nunca le había dado dos migas de poder: esa palabra llamada tumor, que nosotros habíamos transformado en humor.

Así que tomé un bus y recorrí esa costa impregnada de colores latinos, para hacerme un análisis de sangre. En siete días estaría listo el resultado final.

Una semana después salí de Taganga en busca de aquello. A las seis de la tarde cerraba el laboratorio; estaba llegando tarde. El colectivo de línea avanzaba apenas con normalidad y el tránsito estaba más que lento. Hacía mucho calor y yo, bastante ansiosa, vibraba en un mantra mezclado de fe y nervios. No era miedo: eran nervios.

Llegué corriendo a la puerta del lugar. Dejé a una amiga en la sala de espera y fui en busca de ese papel. No recuerdo si tuve ganas de llorar, de reír o de salir a los gritos. Cuando vi el resultado, hablé con una doctora que no sé si me creyó o quedó anonadada, sin respuestas. – ¿Cómo que no te operaste? – preguntó.

Lo cierto es que salí en silencio y tomé la mano de mi amiga, que me miraba con algo de desesperación. Atravesamos el pasillo y, al borde del éxtasis, la llevé hacia afuera para que viera los resultados en el sobre. Solo sé que nos abrazamos y lloramos mucho. De verdad, lloramos mucho, porque casi un 99 % del t-m-r había desaparecido de mi cuerpo.

Recuerdo que corrimos y, en un puro estado de gratitud, nos fuimos temblando de emoción a la playa de Santa Marta. Tomé mi teléfono y, llorosa, llamé a Henry para agradecerle de por vida. Así fue. Así de bendita y milagrosa es la vida, la quintaesencia, la cual pude comprobar en cuerpo y alma hace casi diez años. Por difícil que parezca, como decía con picardía mi sabio maestro: con amor y mucho humor, se va el tumor.

  1. Fase en la que se encuentra
  2. Reflexión sobre la vivencia observada

5. Conclusión

Una mujer zurda de treinta años, atravesando un profundo desequilibrio hormonal. 

En términos biológicos, el ovario derecho hablaba de una vivencia de pérdida: la pérdida dolorosa de un hijo, sumada a la separación de la pareja y al derrumbe del proyecto de vida compartido. Todo eso vivido de manera dramática, inesperada y en soledad.

Durante la fase de conflicto activo, mi cuerpo entró en estado de supervivencia. El cerebro activó un programa biológico sensato y el tejido ovárico – perteneciente al nuevo mesodermo – respondió con crecimiento celular. No como un error, sino como un intento de compensación: fortalecer la función, sostener la vida y resistir el impacto de lo perdido. Mientras el conflicto permaneció activo, los microorganismos asociados a los tejidos del endodermo y del viejo mesodermo quedaron biológicamente disponibles, en proporción a la masa conflictual. Su actividad aún no se manifestaba: permanecían regulados por el cerebro y entrarían en acción únicamente una vez resuelto el conflicto, durante la fase de reparación. 

Ese momento llega cuando el conflicto se resuelve: cuando logré salir de viaje, como lo soñaba, y alejarme de un contexto poco favorable. Cuando el dolor comienza a ser contenido por esta nueva familia que abraza, cuando la pérdida deja de ser una herida abierta y empieza a transformarse en historia integrada, el cuerpo entra en fase de reparación: Vagotonía. Cansancio profundo. Hinchazón. Inflamación. El organismo baja la guardia porque ya no hay peligro.

En la fase de reparación del ovario, tejido del nuevo mesodermo, el cerebro activa bacterias específicas cuya función es reducir y reabsorber el crecimiento celular desarrollado durante la fase activa. Aprendí que estos microorganismos no actúan como agentes patógenos, sino como colaboradores biológicos del proceso de regeneración. La inflamación, el cansancio o el dolor que pueden aparecer en esta etapa son señales de reparación, no de enfermedad.

En medio de ese proceso ocurrió una epicrisis. Un sábado por la tarde, mi cuerpo se descompensó. Debilidad, palidez, náuseas. Por segundos “pensé que estaba jugando con mi vida”. Hoy comprendo que fue una epicrisis: una descarga intensa, un punto de inflexión necesario para completar el proceso. Pasajera, pero profunda.

Después de eso, el cuerpo siguió su camino. El sentido biológico no estaba en el tumor, ni siquiera en su desaparición. Estaba en todo el recorrido, en el proceso completo. En cómo el organismo aprendió, reparó y mejoró. En cómo el ovario quedó fortalecido.  Hoy, con todo lo aprendido a lo largo de estos años – y especialmente en este último tiempo de formación -, me siento profundamente agradecida. Desde esta nueva mirada de coherencia interna y corporal, me siento lista para dar a luz nueva vida.

Resumen

Mujer zurda de 30 años, presenta diagnóstico de cáncer de ovario derecho. Persona zurda, el ovario derecho se asocia a la vivencia de pérdida de un hijo (real, simbólica o vivida como tal), ocurrida de forma inesperada y en soledad.

Este tejido pertenece al nuevo mesodermo, controlado por la sustancia blanca del cerebro, y responde a conflictos de pérdida, desvalorización o ruptura del proyecto vital ligado a la función femenina.

▄ Fase de conflicto activo (simpaticotonía):

  • DHS vigente: la pérdida del hijo
  • La psique permanece en estado de alerta
  • El cerebro activa un programa biológico especial
  • En el órgano (ovario) se produce crecimiento celular en PCL (tumor sólido secretor de estógeno)

Sentido biológico:

Fortalecer el tejido ovárico para compensar la pérdida, aumentar su capacidad funcional y biológica, como una respuesta adaptativa frente al impacto vivido.

▄ Fase de reparación (vagotónica)

Una vez que el conflicto se resuelve, por ejemplo, cuando:

  • La mujer se siente contenida por esta familia
  • El duelo empieza a estar más elaborado, integrado
  • La vivencia deja de ser vivida como amenaza actual 

El organismo entra en fase de reparación. Aquí sucede lo siguiente:

  • En el caso del ovario, tejido del nuevo mesodermo, el quiste se endurece y consolida al 9no mes, como en un embarazo, volviendo más femenina a la mujer y mas apta para reproducirse. Este quiste, permanecerá como una mejora biológica, salvo que haya TCR activos y se rompa, o salvo que alguien haga una punción antes de los 9 meses de consolidación del quiste beneficioso.

Pueden aparecer: inflamación, dolor, cansancio profundo. Síntomas que la medicina convencional interpreta como “enfermedad”, cuando en realidad son signos de evolución y reparación.

▄ Sentido biológico final

Se expresa en la fase de reparación y vuelta a la normotonía:

  • El órgano queda mejorado estructural y funcionalmente
  • El ovario se adapta para no recaer en futuros conflictos o desvalorización. 
  • No se trata solo de “curar”, sino de integrar biológicamente lo vivido.
  • Mejora permanente del tejido y adaptación futura. El organismo aprende de la experiencia.

Dedicatoria

Este texto es el resultado de un proceso largo y profundo que no comenzó únicamente en estos días de escritura, sino hace casi diez años, cuando mi cuerpo habló con la claridad que solo la biología sabe expresar. Durante todo este tiempo – y especialmente a lo largo de estos últimos meses de formación – pude volver sobre aquella vivencia que durante años permaneció algo escondida, revisarla con mayor conciencia y comprenderla a la luz de las Cinco Leyes Biológicas, integrando, poco a poco, lo aprendido con lo vivido.

Esto no es solo un trabajo de investigación, sino un acto de reconocimiento: al cuerpo, a sus tiempos biológicos, a su coherencia y a la posibilidad de leer hoy aquella experiencia desde otro lugar, con el privilegio —y el milagro— de estar viva y con salud. Dedico este trabajo a Gastón y a Sony, por haber sabido nombrar, ordenar y transmitir con claridad aquello que durante años intuía, y por la valentía de sostener y difundir la Medicina Germánica con coherencia, responsabilidad y compromiso; y muy especialmente a Henry Montes de Oca, quien fue para mí un verdadero mentor. No un salvador, sino alguien que supo señalarme el camino para que pudiera convertirme en mi propia brújula.

🎓 CALIFICACIÓN DE SU TRABAJO POR PARTE DE GASTÓN Y SONIA 🎓

✨ Con enorme satisfacción queremos destacar el excelente trabajo realizado por Caro Kjølhede.
Su Trabajo Integrador se distingue especialmente por el alto nivel de desarrollo, precisión y claridad con el que llevó adelante la anamnesis, reflejando una profunda dedicación y una comprensión genuina del proceso. Realmente demuestra que la formación termina siendo la verdadera terapia personal.

La capacidad de observar, ordenar y describir los datos clínicos y biográficos con coherencia, sensibilidad y sentido biológico pone en evidencia una sólida integración de los principios de la Nueva Medicina Germánica. Cada síntoma, antecedente y contexto vital fue abordado con una minuciosidad destacable, permitiendo reconstruir el caso de manera clara y precisa, y facilitando una correcta lectura en los tres planos: psique, cerebro y órgano.

Este nivel de atención al detalle, sumado al compromiso demostrado a lo largo de todo el análisis, refleja no solo estudio y conocimiento, sino también una actitud profesional, responsable y madura, indispensable para el ejercicio serio y ético de la Germánica.

🌿 Un trabajo que honra el proceso de aprendizaje y marca un estándar de excelencia.

Por este motivo, Caro Kjølhede queda automáticamente habilitado para cursar el Módulo 2 de la Formación Profesional, continuando así su proceso de profundización y aprendizaje dentro de la Academia Awaking.

Gastón Vargas y Sonia Suc

Docentes de la Academia Awaking

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